Compartir semillas

En cierta ocasión un reportero le preguntó a un agricultor si podía divulgar el secreto de su maíz,  que  ganaba  el  concurso  al  mejor producto de la región año tras año.

El  granjero  le  respondió  al  periodista  que ello  se  debía  a  que  compartía  su  semilla  con los vecinos.

—¿Por  qué  comparte  su  mejor  semilla  de maíz con los vecinos, si ellos también entran en el mismo concurso todos los años?

—Verá usted, señor —dijo el agricultor—, el viento se lleva el polen del maíz maduro de un sembrado al  otro. Si  mis vecinos cultivan un maíz de calidad inferior, la polinización del viento  y  de  las  abejas —que  van  de  finca  en finca— degradaría constantemente la calidad del mío. Por lo tanto, si voy a sembrar un buen maíz, debo ayudar a que mi vecino tenga uno por lo menos de igual calidad.

 

¿No es verdad que compartir es algo más que dejar de ser egoísta: es actuar positivamente con respecto a los demás?

 

Las  buenas  semillas  merecen  esparcirse  porque  transmiten  sus  bondades  a  muchos otros lugares.

 

No devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición (1 Pedro3:9).

 

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